Todas las flores son bellas, es cierto,
mas hay una que admiro en secreto.
Es obra de Dios, sublime y perfecta,
sus pétalos son paz y medicina directa.
Ella transforma cada respiración
en dulces suspiros de admiración.
Y al elevar mi oración ferviente,
sé que ella lo sabe, lo siente, lo entiende.
Es sabia, brillante, firme y valiente,
emprendedora, resiliente.
Su presencia aviva mi esperanza,
y mi anhelo crece con su añoranza.
Esta flor no tiene precio,
su valor trasciende lo mundano.
Sé que lee estos versos ahora mismo,
imagino su sonrisa entre sus manos.
Sus ojos, faroles de un cosmos infinito,
sus pestañas, alas que detienen el tiempo.
Y yo, cautivo de su poder divino,
la observo, y el mundo se torna eterno.
Mi deseo es verla al amanecer,
sentir la juventud que a su lado renace.
Conversar de sueños, de metas, de logros,
proyectos, ideales y triunfos que laten.
Juntos hablamos de un saber sin fronteras,
emociones e ideas, finanzas certeras.
Un viaje constante hacia la superación,
donde somos primeros en cada ocasión.
En su mirada, un universo aguarda,
lleno de amor puro y de un noble ideal.
Mujer idónea, de alma esforzada,
mi flor, mi musa, mi amor inmortal.

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